Tramacolores

Catálogo Palais de Glace

Se cuenta que viendo el Partenón por primera vez en su vida, una insigne mundana del Siglo Veinte, la decoradora Elsie de Wolfe, exclamó, desde ya que pour la gallerie: “ Oh, but it’s beige! My colour!“. Lo tedioso de la frivolidad, aún cuando se da supremamente graciosa, es su miopía intelectual. Se contenta con que los ojos le sirvan solamente para ver – y fundamentalmente para distinguir el supuesto buen gusto del malo. No puede llevar su mirada a sentir las cosas y interpretarlas. El Partenón no es, por supuesto, beige – ni de ningún otro color definitivo. Según la circunstancia climática, la inflexión de la luz y los movimientos del cielo, la piedra de la que está hecho se impregnará de tonos considerablemente variados, de amarillos y de grises y hasta de rosas – y por supuesto de todos los beiges posibles y imaginables. Y desde ya que lo que importa no es el color del que cada cual le ve, sino lo que podamos transmitir a partir del haberlo visto. Con su ocurrencia, la señora elegante no nos dice ni pizca del monumento; nos informa exclusivamente acerca de sí misma.
Viendo las obras de Carola Rousso, uno supone que ella jamás podría restringirse a un color “suyo” uno y único -como el poeta del Pale Fire de Vladimir Nabokov, ella puede decir: “ All colors made me happy / Even gray“ - y se hace màs que evidente que ve el mundo como un constante fluir de imágenes sobre las que a su vez el tiempo fluido va actuando su inexorable trabajo de perpetua transformacion. No parece casual que cielos y olas y corrientes- signos que se deslizan ante de nuestros ojos y se van para siempre- figuren con tanta frecuencia en su trabajo. Puede intuirse que lo que está intentando capturar es aquello por definicion inasible, el momento, el ahora, “ el hoy fugaz que es tenue y es eterno” de Borges. Es decir, el paso del tiempo y los pasajes que ése paso va abriendo y los paisajes efímeros y constantemente renovados que va creando. Los grandes volúmenes arquitecturales que Carola Rousso registra, aparecen, más allá de sus cualidades fotogénicas, como inscriptos, insertados, en el tiempo, del que son marcas visuales intensas las pulsaciones de las estrellas en torno de las cúpulas de Miami o las nubes que el otoño arrastra sobre Santa Sofía. En otras tomas de proporciones más íntimas, más confidenciales, la sensación temporal está dada por la luz, que es desdoblada para que en una terraza coincidan, imposiblemente simultáneos en la realidad pero no en la memoria, el oro de una mañana y un final azul de tarde o que es diseminada en remolinos saturados que son como cúmulos de instantes múltiples envolviendo precarias cabañas playeras . Carola Rousso va también a buscar ese tiempo en fuga constante allí donde pareciera haber dejado de avanzar, encapsulado en artefactos desuetos, como los automóbiles que recorren Cuba o el tren venido de la Belle Époque a un Oriente que ya no es más confín.
La forma misma en que están concebidas éstas imágenes enfatiza ésa preocupación. Existe primero una foto, que, como toda foto, encierra implacablemente su sujeto en la totalidad claustrofóbica de un momento detenido para siempre. Viene entonces la intervención manual, el gesto pictórico. Carola Rousso extrae y proyecta los colores contenidos en cada parcela de la imagen, modula los pigmentos, los desparrama, los difunde, los diluye, los empasta, los rastrilla, los dispone en suma en orden de combate contra la inmobilidad inherente a la imagen fotográfica, para que, frescos de chorro, la iluminen, la penetren, le inyecten relieves y le caven oquedades, le hagan en suma dar signos de vida, inscriban en ella las ricas, intensas marcas del tiempo. Operan ése efecto, retrabajados en largas, lánguidas pinceladas o en concisos trazos eléctricos los reflejos del mar o también, como auto-saturados, el brillo de la piel de unos chicos al sol o los verdes suculentos de unas hojas tropicales.
Es poca la gente retratada en éstas series. Y no casualmente se trata de personas situadas en los extremos del lapso de la vida: niños y viejos, elegidos quizàs por las maneras de espontaneidad que representan, mas acá y más allá de la pose auto-consciente. Los chicos – que tal vez sean felices- parecen creer que aún pueden serlo más. Los viejos – que quizás lo sean también- parecen recordar que alguna vez lo fueron increíblemente. Para los unos,el tiempo no es aún un problema. Para los otros, va dejando de serlo.
Aún cuando cuentan la nostalgia hay una fruición en las imágenes de Carola Rousso. El tono es definitivamente gozoso. Y cuando no queda otra arma para abrir un respiro, para que la obra no deje de ser una celebración, Carola emplea una suave ironía, heredada lo sé de su padre, Ely Rousso, quién era un maestro en la materia. Así, toda la serie de París parece recorrida por una sonrisa: la mirada toma distancia antes de posarse sobre el kitsch más o menos sublimado que es parte de la fórmula de estilo de una ciudad que después de todo es llamada, por favor, la Ville Lumière. Sonrisa y mirada comportan partes en equilibrio de jovialidad y nostalgia. Ambas son necesarias para pintar el tiempo como Carola Rousso lo hace, con los colores del día tras día. Su Partenón, podemos sospechar, no será beige ni será solo suyo: habrá en él, como hay aquí, una mirada que incluye las nuestras.

Javier Arroyuelo
VOGUE-ITALIA 2003